Seguridad privada: Gasto – Inversión.

Son ya muchos años los que llevo en el mundillo de la seguridad, periodo durante el que he presenciado  numerosas referencias a dos grandes conceptos, quizás opuestos pero hasta cierto punto compatibles, que sustentan en gran medida los problemas que nuestra sociedad se encuentra a la hora de asumir razonadamente una completa mentalización sobre su propia protección.

Hablar de seguridad ha sido, y sigue siéndolo en la actualidad, un constante enfrentamiento entre los defensores del término “gasto” (generalmente los empresarios) y los que prefieren motivadamente hacer prevalecer el término “inversión” (los profesionales del Sector de la seguridad privada).

Tanto en un caso como en otro, creo sinceramente que el vocablo al que debemos referirnos los que amamos y defendemos a ultranza la seguridad privada, debe ser el de “rentabilidad”. Y lo estimo así porque entiendo y defiendo que todo aporte económico que se decida en aras a conseguir mayores cotas de protección, para que pueda ser considerado como mejora, precisará concretar si las consecuencias de su aplicación han resultado “rentables” para el objetivo buscado.

Es fácil divagar entre esos dos conceptos, hasta cierto punto abstractos, que pueden involucrarnos en una discusión sin fin. Para evitar entrar en ese bucle, lo importante será  marcar previamente el terreno por el que queremos desarrollar nuestra labor. Buscamos protección y para ello, establecemos unas necesidades (estudio de riesgos) que vendrán condicionadas por la inversión económica, o gasto según se mire y como consecuencia de ello, obtendremos unos resultados que deberán evaluarse de forma lo más objetiva posible para poder centrar, aceptar o rechazar,  el concepto “rentabilidad”.

Esa última tarea, establecer la rentabilidad, resulta fundamental para poder calificar la aportación económica como gasto o como inversión. Al referirme al término rentabilidad, lo estoy asociando al de eficacia porque ambos conceptos deben ser considerados como hermanados en la búsqueda de la protección. Para ello, deberemos considerar aspectos tanto objetivos como subjetivos que nos permitirán alcanzar una idea clara de la rentabilidad del aporte económico efectuado, de forma que podamos referirnos, tomando como referencia ese concepto, a gasto o a inversión.

Qué duda cabe que si nos vemos abocados a considerarla como gasto, es que habremos fallado y habremos malgastado nuestro dinero. Por el contrario, si la calificamos como inversión supondrá que hemos acertado plenamente en nuestro objetivo.

La rentabilidad es eficacia y la eficacia supone la consolidación del convencimiento de haber desarrollado correctamente nuestro trabajo gracias a planificación coherente que nos ha permitido obtener un resultado sumamente positivo tras acomodar la inversión a las necesidades.

   Quizás de mis palabras pueda llegar a entenderse que eludo intencionadamente establecer como objetivo inicial de todo aporte económico su calificación como “inversión”. Nada más lejos de la realidad. Creo sinceramente que, a pesar de las imposiciones legales que pueden condicionar en un momento dado la imperiosa obligación de llevar a cabo ese aporte económico, lo que de verdad debe motivar ese aporte, debe ser la mentalización previa de que se está invirtiendo para solventar las necesidades de protección que se demandan.

En este terreno, la posibilidad de que el empresario pueda estar asesorado por un profesional que realmente lo sea, resulta de una importancia vital, no solo porque con ello podrá acometer esa serie de acciones orientadas a dotarse de seguridad, sino también porque obtendrá una idea clara de las vulnerabilidades de su empresa y de los medios de los que puede disponer para intentar evitarlos, adquiriendo de esa forma una correcta mentalización sobre la problemática que podrá consolidarse posteriormente si se consigue demostrar la rentabilidad de la inversión y la eficacia de los medios y sistemas implantados.

Es por ello que, aunque debemos partir de la premisa inicial de que toda aportación económica a la seguridad debe ir dirigida a ser considerada siempre como inversión, no conseguiremos cimentar o consolidar esa idea si no somos capaces de hacer ver con posterioridad, la rentabilidad obtenida, tanto en términos objetivos como subjetivos.

Mi intención al escribir este artículo en el que he pretendido, de una forma muy simplificada y alejada de los tecnicismos que invaden nuestra sociedad, exponer mi convencimiento absoluto sobre la prevalencia del término “inversión”, ha sido la de reclamar a los empresarios y a los dirigentes administrativos que asuman el contenido de las normas legales reguladoras de estas funciones y se decanten de una vez por todas por dejarse asesorar en estas materias (protección y seguridad), recurriendo a los profesionales (directores de seguridad) que conformamos el sector de la seguridad privada y que nos encontramos en perfectas condiciones para poder ayudarles a incrementar los niveles de protección de sus bienes y propiedades.

Esa profesionalidad la hemos conseguido gracias a la obtención de una formación constante y permanente,  avalada por una experiencia incuestionable en el ámbito de la protección y de la  seguridad, lo que nos ha llevado a la asunción de responsabilidades y al continuo incremento de las funciones y atribuciones que debemos desarrollar.

Y todo ello sin olvidar que también el concepto desarrollado anteriormente sobre la dicotomía que supone cualquier análisis sobre esos temas entre la consideración de gasto o de inversión, debe ser aplicado a estos últimos párrafos, debiendo por tanto, el empresario o dirigente político valorar también si la acción que ha acometido al contratar los servicios de este tipo de profesionales, puede ser considerada como rentable y eficiente en cuyo caso creo no equivocarme si afirmo que estaremos circulando por el camino correcto.

 

Eleuterio GUTIERREZ PEREZ

Presidente de la Asociación Nacional

de Directores de Seguridad Siglo XXI