Apetito de riesgo: hasta dónde estamos dispuestos a llegar
Toda organización convive con la incertidumbre. No existe proyecto, inversión o decisión que no implique una cuota de exposición. La cuestión no es si hay riesgo, sino cuánto se está dispuesto a aceptar y en qué condiciones. A esa frontera deliberada, reflexionada y asumida se la denomina apetito de riesgo.
El apetito de riesgo no describe la resistencia al daño ni la capacidad de aguante ante una crisis. Tampoco equivale al riesgo soportado. Se refiere, más bien, al nivel y al tipo de riesgo que una organización decide aceptar voluntariamente para alcanzar sus objetivos. Es, por tanto, una elección, no un accidente ni una consecuencia inevitable.
Cuando una empresa abre sus instalaciones al público para ofrecer visitas guiadas, amplía su exposición. Aumentan las posibilidades de incidentes, se multiplican los puntos de contacto y se introducen variables menos controlables. Sin embargo, también se generan beneficios reputacionales, oportunidades comerciales y vínculos con la comunidad. La decisión de permitir esas visitas refleja un determinado apetito de riesgo: se asume una exposición adicional porque se considera razonable en relación con los objetivos perseguidos.
El apetito de riesgo es una declaración implícita sobre la identidad de la organización. Revela su modelo de funcionamiento, su cultura interna y su forma de entender la relación entre oportunidad y amenaza. Es decir, es una pieza estructural que condiciona la toma de decisiones en todos los niveles.
Una compañía innovadora, que compite en mercados dinámicos y apuesta por tecnologías emergentes, difícilmente podrá operar con un apetito de riesgo extremadamente conservador. Del mismo modo, una entidad cuya misión se vincula a la prestación de servicios esenciales no puede permitirse una exposición temeraria. En ambos casos, la coherencia entre la estrategia adoptada y nivel de riesgo asumido va a resultar determinante.
Cuando esa coherencia no existe, aparecen las contradicciones. Una política de seguridad excesivamente restrictiva puede frenar la actividad, ralentizar procesos y desalentar la iniciativa. Por el contrario, una política demasiado laxa puede dejar desprotegidos activos críticos y comprometer la continuidad del negocio. El apetito de riesgo actúa como referencia para evitar estos desajustes.
La norma ISO 31000, dedicada a la gestión del riesgo, incorpora este concepto como elemento central. Según su planteamiento, el apetito de riesgo define el nivel y el tipo de riesgo que la organización está dispuesta a asumir para alcanzar sus objetivos estratégicos. No se trata de una declaración genérica, sino de una orientación que debe traducirse en criterios operativos.
En este contexto adquieren relevancia los umbrales de riesgo: límites cuantitativos o cualitativos que determinan cuándo una variación resulta aceptable y cuándo deja de serlo. Estos umbrales permiten convertir una idea en un parámetro medible. Si el nivel de pérdidas supera una cifra determinada, si la probabilidad de interrupción de un servicio rebasa cierto porcentaje o si un indicador clave se desvía más allá de lo previsto, la situación deja de estar alineada con el apetito definido.
De este modo, el apetito de riesgo no se limita a una declaración retórica. Se integra en la gobernanza, orienta la asignación de recursos y condiciona la respuesta ante incidentes. Permite, además, articular la cultura de riesgo dentro de la organización, estableciendo un marco común para la toma de decisiones.
Definir el apetito de riesgo exige analizar la capacidad económica y operativa de la organización. No todo riesgo asumible desde el punto de vista estratégico lo es desde el punto de vista financiero. La posible magnitud de las pérdidas, la liquidez disponible, el acceso a financiación o la existencia de mecanismos de transferencia influyen de forma directa.
Aceptar un riesgo que, de materializarse, comprometería la viabilidad de la empresa no es una expresión de audacia, sino de imprudencia. El apetito de riesgo se sitúa, por tanto, en el cruce entre ambición y prudencia. Requiere evaluar escenarios adversos, estimar impactos y decidir si la organización puede absorberlos sin poner en peligro su continuidad.
En este sentido, el apetito de riesgo también funciona como instrumento de disciplina. Obliga a confrontar los objetivos con los recursos reales y a descartar iniciativas cuya exposición resulte desproporcionada. No todo lo deseable es razonable.
En el ámbito empresarial, el apetito de riesgo establece el marco dentro del cual se desarrollan las decisiones estratégicas. No es un elemento accesorio, sino una guía que acompaña a la planificación, a la inversión y a la gestión cotidiana.
Las organizaciones que lo aplican de manera sistemática suelen articular un marco formal que incluye declaraciones claras, métricas definidas y mecanismos de supervisión. Este marco se revisa periódicamente para adaptarlo a cambios en el entorno: transformaciones tecnológicas, nuevas regulaciones, alteraciones en el mercado o variaciones en la competencia.
Integrar el apetito de riesgo en la organización implica asumir que la incertidumbre forma parte del proceso de creación de valor. No se trata únicamente de minimizar impactos negativos, sino también de identificar oportunidades que exigen aceptar cierta exposición. La clave está en que esa exposición sea consciente, deliberada y coherente con los fines perseguidos.
Reducir el apetito de riesgo a una cuestión técnica sería un error. Aunque se apoye en métricas y análisis cuantitativos, su definición es, en última instancia, una decisión de gobierno. Corresponde a los órganos de dirección establecer hasta dónde se está dispuesto a llegar y qué límites no deben traspasarse. Esa decisión proyecta una determinada concepción de la responsabilidad. Una organización que define con claridad su apetito de riesgo transmite a empleados, socios y terceros un mensaje inequívoco: sabe qué busca y conoce el precio que está dispuesta a pagar para lograrlo. Y esta claridad es valiosa.
El apetito de riesgo no elimina la incertidumbre, pero ofrece un marco para habitar en ella sin improvisar constantemente. Permite actuar con criterio, sostener la coherencia entre discurso y práctica y, en definitiva, avanzar con conciencia de los riesgos asumidos.
Definir el apetito de riesgo no es un trámite burocrático. Es una declaración de principios que marca el rumbo.

